
Micaela Villegas
Hurtado
"La
Perricholi"
La vida de este personaje, está muy ligada al Virrey don Manuel Cayetano
de Amat y Junient. Nació en Bacaressas (Barcelona) en 1700 (1782). Descendiente
de una aristocrática familia catalana, José Amat y Planella, Marqués de Castell
Bell y doña María Junient y Vargas, Marquesa de Castell Manyá.
A los 11 años de edad, ya se había enrolado en las tropas reales que
combatían a los rebeldes de Cataluña. Poco después, formaría parte de los
ejércitos que lucharon contra las fuerzas francesas en Aragón; llegando a
obtener el grado de Mariscal de Campo, por el valor demostrado en su ascendente
carrera militar.
Nombrado en 1755 capitán general y presidente de la audiencia de Chile,
destacó al organizar una eficaz fuerza defensiva a partir de las milicias
urbanas, al tiempo que impulsaba las obras públicas. Ello le valió una
excelente reputación como político y administrador que propició su designación
como virrey de Perú en 1761.
Desde 1761 hasta 1766, estuvo en el Perú y aparte de las importantes
disposiciones militares que realizó, motivadas por la guerra que España mantenía
con Gran Bretaña. Introdujo el refinamiento en la corte virreinal y embelleció
la capital con hermosos edificios: la iglesia del convento de las Nazarenas, la
torre de Santo Domingo y el palacio de la Quinta Presa, e incluso ordenó erigir
a las afueras de Lima un palacete barroco para la bailarina Micaela Villegas,
la Perrichola.
Aparte de tener una personalidad de militar implacable; fue muy
aficionado a las reuniones y tertulias, las que disfrutaba en palacio a donde
llegaban los artistas de aquellas épocas.
En una de aquellas noches, apareció una artista mestiza de un teatro de
Lima, quien era bailarina y cantante de privilegiada voz, llamada Micaela
Villegas Hurtado. Muchos la conocían como “Miquita” y a pesar de no ser muy
agraciada, era una mujer de gran simpatía y encanto, lo que cautivó al ya
sexagenario Virrey. Este, más tarde la llamaría “Perrricholi”, nombre con el
que fue conocida por siempre.
El Virrey solía pasear en su lujosa carroza y a su lado siempre iba la
Perricholi. Otras veces, iba ella al lomo de un brioso caballo, siguiendo la
carroza. Estos paseos, motivaban los chismes de la encopetada sociedad limeña.
Micaela Villegas, “La Perricholi” indirectamente propició muchas de las
obras que el Virrey mandara erigir en nuestra Lima de antaño, que hasta hoy le
dan prestancia, ya que fueron hechas en honor al amor que éste le profesaba. Al
menos es lo que algunos historiadores parecen informar, aun cuando a veces,
éstos se han dejado llevar por el ingenio de nuestros compatriotas de antaño;
quienes entretejían historias a veces novelescas.
Allí están como mudos monumentos, escenarios de una bella época,
"La Quinta Presa", una casona campestre señorial
de mediados del siglo XVIII, a donde asistiera constantemente a fiestas y
recepciones acompañada del Virrey.
La Alameda de los Descalzos, paseo rodeado de fina
verja toledana, con amplios jardines llenos de árboles y plantas. En la vereda
principal, había mandado colocar estatuas de mármol con figuras de la mitología
griega, hechas con puro mármol de carrara. Se dice que la hizo
construir, en frente de un convento donde vivía su amada, para que sosegara sus
horas de aburrimiento.
El Paseo de Aguas, en el Rímac, la que según otros relatos históricos,
motivó su construcción una promesa que la Perricholi hiciera al Virrey. Dicen
que cuando éste le profesó su amor, pidiéndole que fuera su amante, ella le
respondió que lo haría cuando él pusiera la Luna a sus pies. El virrey,
ingeniosamente ideó la construcción de sus arcos de estilo francés con una
amplia fuente que pudiera servir como espejo y reflejara el firmamento en sus
aguas.
Terminada la obra, esperó pacientemente una noche de Luna Llena, para
invitar a su amada a dar un paseo y llevándola de la mano hasta el borde de
dicha fuente, le susurró al oido, “...hoy pongo la Luna a tus pies”.
Se cree que
fruto de esos amoríos, fue Manuel d’Amat y
Villegas, quien fuera uno de los firmantes del Acta de la Independencia
del Perú, el 28 de julio de 1821.
La vida de este personaje inspiró a Mérimée
para escribir La carroza del Santo Sacramento que Offenbach llevó al teatro
lírico en La Perichole y Jean Rénoir al cine en La carroza de oro
(protagonizada por Anna Magnani).
Los amores terminaron cuando el Virrey regresó
a España en 1776 y se retiró de la vida pública. Intervino también en el diseño
de su palacio en Barcelona (palacio de la Virreina). La Perricholi, ingresó a
un convento de Monjas Carmelitas en Lima, donde falleció el 16 de mayo de
1819.

Cuentan las crónicas y don Ricardo
Palma lo relata con su donairoso decir; que en cierta ocasión iba en su rica
calesa la Perricholi, cuando se encontró con el Párroco que llevaba el
Santísimo a un moribundo.
Movida por la piedad y emocionada ante el contraste de su vida pecadora y
suntuosa, con el aspecto del humilde cortejo, en que pobremente, sobre las
desiguales piedras, iba el representante del Señor, llevando la consagrada
forma, sintió que algo tierno, recóndito y bueno ascendía como una blanca nube
de bondad y de pureza en su alma y bajó avergonzada y compungida de su
riquísima calesa; la ofreció al sacerdote y con religiosa unción, formó a pie
parte del dolorido cortejo.
La calesa se conservó en la Parroquia
de San Lázaro muchos años y en el recuerdo de las viejas del barrio, quedó
estereotipada la visión elegante de aquella Dama bella y majestuosa que había
obsequiado a Nuestro Amo su carroza.

La época del
Virrey Manuel Amat y Junyent y Micaela Villegas “La Perricholi”, por
Ernesto Poblet
Se trata de quince años asombrosamente
divertidos, dinámicos, faranduleros, matizados con un interesante crecimiento económico
y bélico junto a una desusada protección de las artes. Lima era la capital
esplendorosa de los virreyes. Ahí residía la concentración del poder, las
armas, la burocracia y la iglesia católica que provenía de un oscuro y cruel
período de Inquisición.
Los quince años de gobierno del Virrey
Manuel Amat fueron una bocanada de aire fresco. Se trataba de un catalán de 56
años, militar ascendente en su patria, a quien el gobierno de España lanzó
primero como gobernador-intendente de Chile desde 1755 al 61. Su gobierno fue
tan exitoso que lo catapultaron al de Perú, a la cabeza del Virreynato más
importante de América. Precisamente don Manuel fue el Virrey durante esos
radiantes quince años que transcurrieron entre 1761 hasta 1776.
Dejó el gobierno a los setenta y dos años.
La personalidad de Amat y Junyent merece párrafos aparte. Era de esos catalanes
extremadamente vigorosos, ampulosos, valientes hasta la exageración, jamás
permanecía quieto, intentaba grandes empresas y obtenía sus designios con obsesiva
constancia. Gustaba de las mujeres, el buen vino y las artes. A pesar de
haberse mantenido soltero hasta los 72 mantuvo el culto familiar a través de
estrechos vínculos con sus hermanos y demás parientes. Cuidaba y cultivaba el
arte de gobernar con eficiencia. Desde luego, no pudo evitar que se lo acusara
de grandes gastos fiscales, excesivos lujos y algunas otras travesuras... que
ya veremos.
Demostró su vigor y fortaleza don Manuel
tanto en su estada en América como gobernante y en sus años de jubilado en
Barcelona. Hay que conocer las hazañas del veterano catalán y cómo dejó su
bello recuerdo para la historia frente a la propia rambla en la ciudad Condal.
Pero volvamos a los años de Chile y de
Perú. Al gran Amat y Junyent no sólo lo recuerda la historia por sus amoríos
con la Perricholi, tambien por sus dotes de Rambo y sus luchas contra el
poderío clerical de la Lima de entonces.
Lo de Rambo viene a cuento porque una vez
le tocó soportar una sublevación de presos. La resolvió a lo macho, al mejor
estilo Stallone-Sérpico. Entró en la cárcel amotinada con una espada en cada
mano. Lo reciben a piedrazos. Don Manuel los enfrenta a todos juntos a
espadazos y gritos. Los controla en pocos minutos. Dicen que fueron tan
eficaces las espadas como los gritos de fiereza. Los presos, arrinconados y
sumisos, se le rinden.
En aquella Lima majestuosa todavía
afloraba el contraste de lo que quedó del poderoso Tribunal del Santo Oficio y
su siniestra Inquisición. Digo contraste porque a esta altura del siglo ya
habían llegado los aires renovadores y liberales que estableció el Rey Carlos
III. Justamente uno de los actos más eficaces de este Virrey fue el
cumplimiento estricto de las órdenes de España de expulsar a los Jesuítas.
Talvez este fenómeno de los Jesuítas tuvo una diferente concepción en el Río de
la Plata que en Lima. Pero esto es harina de otro costal.
Lo más interesante del caso fue que el
Virrey Amat debió enfrentar una enorme población de la clerecía de entonces. Se
trataba de 3300 frailes y 700 monjas que heredaban los vicios, actitudes,
fanatismos, extorsiones, delaciones y corruptelas de la época de la
Inquisición.
Las ideas liberales del Virrey Amat pronto
chocaron contra aquel clero difícil y escasamente cristiano. Por suerte él supo
ganarse cierta parte de la institución eclesiástica para tan desigual
enfrentamiento. Aquellos enemigos con sotana le produjeron el daño de las
acusaciones en el final de su gobierno, pero el catalán se las ingenió para
caer bien parado y gozar de una merecida jubilación en Barcelona. Ya vamos a
explicar el porqué de esa “paradisíaca jubilación” que por cierto no provino de
ningún enriquecimiento ilícito de sus respectivos gobiernos en Chile y Perú.
El Virrey y la Perricholi
Pero vayamos a lo más sabroso de esta historia
que son los amoríos del Virrey con la célebre Perricholi. No olvidemos que “La
Perricholi” era el nombre despectivo que sus enemigos prodigaban a la vivaz
actriz y bailarina doña MICAELA VILLEGAS, para sus íntimos “Miquita” y entre
esos íntimos figuraba nada menos que el Virrey del Perú, General don Manuel de
Amat y Junyent. La palabra “Perricholi” fue acuñada por una perversa mezcla
entre “perra” y “chola”. No fue ajeno a la creación de este abominable
apelativo la pronunciación acatalanada del propio virrey amante.
En vida de la señora Anita Perichon de
Liniers se confundieron dos apelativos igualmente despectivos -que aludían a
una y otra dama- por las asonancias parecidas entre “La Perichona y La
Perricholi”. El caso de la actriz peruana ocurrió cuarenta y pico de años antes
de que cobrara celebridad el publicitado romance de Liniers con la señora
Perichon de O¨Gorman. Precisamente, los enemigos de Liniers (Álzaga entre
ellos) acuñaron el término “Perichona” buscando así denigrar a la señora francesa
que fuera el amor del viudo don Santiago.
Pero volvamos a la Lima de 1761 para
adelante. Una sociedad pacata y almidonada. A este Virrey popular y farandulero
se le ocurre enamorarse nada menos que de la diva del teatro que hace suspirar
a toda la población masculina del Virreynato. Con más gracejo que belleza pero
rotundamente atractiva. Merodeaba los sesenta años el hombre, aunque por su
virilidad representaba apenas unos cuarenta. Micaela Villegas decía que tenía
20 años, aparentaba tenerlos y realmente los tenía. Un caso raro en que se dan
las tres circunstanciales edades de la mujer. Claro que después de los cuarenta
estas alegres coincidencias comienzan a bifurcarse...
La historia de estos amores transcurren
con similares episodios a través de los siglos. El gobernante o empresario
poderoso con la vedette o la secretaria. Primero el secreto anida sólo entre
los dos. Después se extiende hasta los más íntimos. Y si subsiste se propala en
toda la población con una rapidez vertiginosa. Al principio sólo trascienden
los chismecitos más sabrosos. Pasa a ser el regocijo de las orejas. Unos
niegan, otros afirman. Otros exageran o agregan ponzoña. Hasta que todo el
mundo se acostumbra.
Llegó un momento en que el Virrey Amat se
paseaba con su “Miquita” integrando el séquito, disimulada tras algún disfraz.
Al tiempo aparecía a su lado cabalgando desembozadamente y a cara descubierta.
Enfrentando prejuicios, broncas y envidias.
Como siempre los que la admiran y
simpatizan piensan en una mujer bondadosa y caritativa. Para los
fundamentalistas del odio, cualquier insulto es poco, desde yegua para abajo.
La cuestión es que los limeños se entretuvieron como alegres comadres durante
los quince prósperos años del gobierno de Amat. Porque el romance tuvo sus más
y sus menos. Sus caídas y levantadas.
La vida cultural se desarrollaba a pleno
durante aquella administración simpática, espléndida y también con algo de
travesura. Al que se le ocurra comparar a la Perricholi con Madame Pompadour no
le vamos a decir que estaría algo errado. Por algo don Manuel Amat aparece en
todas las enciclopedias como el gran Virrey que fomentó las artes y atendió al
mismo tiempo una larga guerra de siete años contra los ingleses. No le faltó
eficacia al enamoradizo catalán para enfrentar las flotas británicas en las
aguas y las islas del Pacífico.
La ciudad de Lima de aquel entonces
contaba con teatros en actividad, empresarios, dramaturgos, actores,
apuntadores, traspuntes, bolos y todo el mundillo del arte escénico. No
faltaban los cholulos, los críticos y las fantasías que genera el ambiente
teatral.
Micaela Villegas figuraba en el cartel
protagónico del teatro donde se representaba “La Dama Duende” de Calderón de la
Barca”. Había un empresario-dueño que al mismo tiempo se desempeñaba como primer
actor. El hombre, como se precia un director, empresario y primer actor, no
podía aspirar a los encantos de una diva amiga nada menos que del Virrey. Se
conformaba con los mimos de Inesilla. Actriz de menor rango que la Perricholi.
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