Text Box: Club de Damas Peruanas de Dallas y Metroplex – 1988

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                              Micaela Villegas Hurtado

                                   "La Perricholi"

 

 

La vida de este personaje, está muy ligada al Virrey don Manuel Cayetano de Amat y Junient. Nació en Bacaressas (Barcelona) en 1700 (1782). Descendiente de una aristocrática familia catalana, José Amat y Planella, Marqués de Castell Bell y doña María Junient y Vargas, Marquesa de Castell Manyá.

A los 11 años de edad, ya se había enrolado en las tropas reales que combatían a los rebeldes de Cataluña. Poco después, formaría parte de los ejércitos que lucharon contra las fuerzas francesas en Aragón; llegando a obtener el grado de Mariscal de Campo, por el valor demostrado en su ascendente carrera militar.

Nombrado en 1755 capitán general y presidente de la audiencia de Chile, destacó al organizar una eficaz fuerza defensiva a partir de las milicias urbanas, al tiempo que impulsaba las obras públicas. Ello le valió una excelente reputación como político y administrador que propició su designación como virrey de Perú en 1761.

Desde 1761 hasta 1766, estuvo en el Perú y aparte de las importantes disposiciones militares que realizó, motivadas por la guerra que España mantenía con Gran Bretaña. Introdujo el refinamiento en la corte virreinal y embelleció la capital con hermosos edificios: la iglesia del convento de las Nazarenas, la torre de Santo Domingo y el palacio de la Quinta Presa, e incluso ordenó erigir a las afueras de Lima un palacete barroco para la bailarina Micaela Villegas, la Perrichola. 

Aparte de tener una personalidad de militar implacable; fue muy aficionado a las reuniones y tertulias, las que disfrutaba en palacio a donde llegaban los artistas de aquellas épocas.

En una de aquellas noches, apareció una artista mestiza de un teatro de Lima, quien era bailarina y cantante de privilegiada voz, llamada Micaela Villegas Hurtado. Muchos la conocían como “Miquita” y a pesar de no ser muy agraciada, era una mujer de gran simpatía y encanto, lo que cautivó al ya sexagenario Virrey. Este, más tarde la llamaría “Perrricholi”, nombre con el que fue conocida por siempre.

El Virrey solía pasear en su lujosa carroza y a su lado siempre iba la Perricholi. Otras veces, iba ella al lomo de un brioso caballo, siguiendo la carroza. Estos paseos, motivaban los chismes de la encopetada sociedad limeña.

Micaela Villegas, “La Perricholi” indirectamente propició muchas de las obras que el Virrey mandara erigir en nuestra Lima de antaño, que hasta hoy le dan prestancia, ya que fueron hechas en honor al amor que éste le profesaba. Al menos es lo que algunos historiadores parecen informar, aun cuando a veces, éstos se han dejado llevar por el ingenio de nuestros compatriotas de antaño; quienes entretejían historias a veces novelescas.

Allí están como mudos monumentos, escenarios de una bella época, "La Quinta Presa", una casona campestre señorial de mediados del siglo XVIII, a donde asistiera constantemente a fiestas y recepciones acompañada del Virrey.

La Alameda de los Descalzos, paseo rodeado de fina verja toledana, con amplios jardines llenos de árboles y plantas. En la vereda principal, había mandado colocar estatuas de mármol con figuras de la mitología griega, hechas con puro mármol de carrara. Se dice que la hizo construir, en frente de un convento donde vivía su amada, para que sosegara sus horas de aburrimiento.

El Paseo de Aguas, en el Rímac, la que según otros relatos históricos, motivó su construcción una promesa que la Perricholi hiciera al Virrey. Dicen que cuando éste le profesó su amor, pidiéndole que fuera su amante, ella le respondió que lo haría cuando él pusiera la Luna a sus pies. El virrey, ingeniosamente ideó la construcción de sus arcos de estilo francés con una amplia fuente que pudiera servir como espejo y reflejara el firmamento en sus aguas.

Terminada la obra, esperó pacientemente una noche de Luna Llena, para invitar a su amada a dar un paseo y llevándola de la mano hasta el borde de dicha fuente, le susurró al oido, “...hoy pongo la Luna a tus pies”.

Se cree que fruto de esos amoríos, fue Manuel d’Amat y Villegas, quien fuera uno de los firmantes del Acta de la Independencia del Perú, el 28 de julio de 1821.

La vida de este personaje inspiró a Mérimée para escribir La carroza del Santo Sacramento que Offenbach llevó al teatro lírico en La Perichole y Jean Rénoir al cine en La carroza de oro (protagonizada por Anna Magnani).

Los amores terminaron cuando el Virrey regresó a España en 1776 y se retiró de la vida pública. Intervino también en el diseño de su palacio en Barcelona (palacio de la Virreina). La Perricholi, ingresó a un convento de Monjas Carmelitas en Lima, donde falleció el 16 de mayo de 1819. 

 

Cuentan las crónicas y don Ricardo Palma lo relata con su donairoso decir; que en cierta ocasión iba en su rica calesa la Perricholi, cuando se encontró con el Párroco que llevaba el Santísimo a un moribundo. Movida por la piedad y emocionada ante el contraste de su vida pecadora y suntuosa, con el aspecto del humilde cortejo, en que pobremente, sobre las desiguales piedras, iba el representante del Señor, llevando la consagrada forma, sintió que algo tierno, recóndito y bueno ascendía como una blanca nube de bondad y de pureza en su alma y bajó avergonzada y compungida de su riquísima calesa; la ofreció al sacerdote y con religiosa unción, formó a pie parte del dolorido cortejo.

La calesa se conservó en la Parroquia de San Lázaro muchos años y en el recuerdo de las viejas del barrio, quedó estereotipada la visión elegante de aquella Dama bella y majestuosa que había obsequiado a Nuestro Amo su carroza.

 

La época del Virrey Manuel Amat y Junyent y Micaela Villegas “La Perricholi”, por Ernesto Poblet

 

Se trata de quince años asombrosamente divertidos, dinámicos, faranduleros, matizados con un interesante crecimiento económico y bélico junto a una desusada protección de las artes. Lima era la capital esplendorosa de los virreyes. Ahí residía la concentración del poder, las armas, la burocracia y la iglesia católica que provenía de un oscuro y cruel período de Inquisición.

Los quince años de gobierno del Virrey Manuel Amat fueron una bocanada de aire fresco. Se trataba de un catalán de 56 años, militar ascendente en su patria, a quien el gobierno de España lanzó primero como gobernador-intendente de Chile desde 1755 al 61. Su gobierno fue tan exitoso que lo catapultaron al de Perú, a la cabeza del Virreynato más importante de América. Precisamente don Manuel fue el Virrey durante esos radiantes quince años que transcurrieron entre 1761 hasta 1776.

Dejó el gobierno a los setenta y dos años. La personalidad de Amat y Junyent merece párrafos aparte. Era de esos catalanes extremadamente vigorosos, ampulosos, valientes hasta la exageración, jamás permanecía quieto, intentaba grandes empresas y obtenía sus designios con obsesiva constancia. Gustaba de las mujeres, el buen vino y las artes. A pesar de haberse mantenido soltero hasta los 72 mantuvo el culto familiar a través de estrechos vínculos con sus hermanos y demás parientes. Cuidaba y cultivaba el arte de gobernar con eficiencia. Desde luego, no pudo evitar que se lo acusara de grandes gastos fiscales, excesivos lujos y algunas otras travesuras... que ya veremos.

Demostró su vigor y fortaleza don Manuel tanto en su estada en América como gobernante y en sus años de jubilado en Barcelona. Hay que conocer las hazañas del veterano catalán y cómo dejó su bello recuerdo para la historia frente a la propia rambla en la ciudad Condal.

Pero volvamos a los años de Chile y de Perú. Al gran Amat y Junyent no sólo lo recuerda la historia por sus amoríos con la Perricholi, tambien por sus dotes de Rambo y sus luchas contra el poderío clerical de la Lima de entonces.

Lo de Rambo viene a cuento porque una vez le tocó soportar una sublevación de presos. La resolvió a lo macho, al mejor estilo Stallone-Sérpico. Entró en la cárcel amotinada con una espada en cada mano. Lo reciben a piedrazos. Don Manuel los enfrenta a todos juntos a espadazos y gritos. Los controla en pocos minutos. Dicen que fueron tan eficaces las espadas como los gritos de fiereza. Los presos, arrinconados y sumisos, se le rinden.

En aquella Lima majestuosa todavía afloraba el contraste de lo que quedó del poderoso Tribunal del Santo Oficio y su siniestra Inquisición. Digo contraste porque a esta altura del siglo ya habían llegado los aires renovadores y liberales que estableció el Rey Carlos III. Justamente uno de los actos más eficaces de este Virrey fue el cumplimiento estricto de las órdenes de España de expulsar a los Jesuítas. Talvez este fenómeno de los Jesuítas tuvo una diferente concepción en el Río de la Plata que en Lima. Pero esto es harina de otro costal.

Lo más interesante del caso fue que el Virrey Amat debió enfrentar una enorme población de la clerecía de entonces. Se trataba de 3300 frailes y 700 monjas que heredaban los vicios, actitudes, fanatismos, extorsiones, delaciones y corruptelas de la época de la Inquisición.

Las ideas liberales del Virrey Amat pronto chocaron contra aquel clero difícil y escasamente cristiano. Por suerte él supo ganarse cierta parte de la institución eclesiástica para tan desigual enfrentamiento. Aquellos enemigos con sotana le produjeron el daño de las acusaciones en el final de su gobierno, pero el catalán se las ingenió para caer bien parado y gozar de una merecida jubilación en Barcelona. Ya vamos a explicar el porqué de esa “paradisíaca jubilación” que por cierto no provino de ningún enriquecimiento ilícito de sus respectivos gobiernos en Chile y Perú.

 

El Virrey y la Perricholi

Pero vayamos a lo más sabroso de esta historia que son los amoríos del Virrey con la célebre Perricholi. No olvidemos que “La Perricholi” era el nombre despectivo que sus enemigos prodigaban a la vivaz actriz y bailarina doña MICAELA VILLEGAS, para sus íntimos “Miquita” y entre esos íntimos figuraba nada menos que el Virrey del Perú, General don Manuel de Amat y Junyent. La palabra “Perricholi” fue acuñada por una perversa mezcla entre “perra” y “chola”. No fue ajeno a la creación de este abominable apelativo la pronunciación acatalanada del propio virrey amante.

En vida de la señora Anita Perichon de Liniers se confundieron dos apelativos igualmente despectivos -que aludían a una y otra dama- por las asonancias parecidas entre “La Perichona y La Perricholi”. El caso de la actriz peruana ocurrió cuarenta y pico de años antes de que cobrara celebridad el publicitado romance de Liniers con la señora Perichon de O¨Gorman. Precisamente, los enemigos de Liniers (Álzaga entre ellos) acuñaron el término “Perichona” buscando así denigrar a la señora francesa que fuera el amor del viudo don Santiago.

Pero volvamos a la Lima de 1761 para adelante. Una sociedad pacata y almidonada. A este Virrey popular y farandulero se le ocurre enamorarse nada menos que de la diva del teatro que hace suspirar a toda la población masculina del Virreynato. Con más gracejo que belleza pero rotundamente atractiva. Merodeaba los sesenta años el hombre, aunque por su virilidad representaba apenas unos cuarenta. Micaela Villegas decía que tenía 20 años, aparentaba tenerlos y realmente los tenía. Un caso raro en que se dan las tres circunstanciales edades de la mujer. Claro que después de los cuarenta estas alegres coincidencias comienzan a bifurcarse...

La historia de estos amores transcurren con similares episodios a través de los siglos. El gobernante o empresario poderoso con la vedette o la secretaria. Primero el secreto anida sólo entre los dos. Después se extiende hasta los más íntimos. Y si subsiste se propala en toda la población con una rapidez vertiginosa. Al principio sólo trascienden los chismecitos más sabrosos. Pasa a ser el regocijo de las orejas. Unos niegan, otros afirman. Otros exageran o agregan ponzoña. Hasta que todo el mundo se acostumbra.

Llegó un momento en que el Virrey Amat se paseaba con su “Miquita” integrando el séquito, disimulada tras algún disfraz. Al tiempo aparecía a su lado cabalgando desembozadamente y a cara descubierta. Enfrentando prejuicios, broncas y envidias.

Como siempre los que la admiran y simpatizan piensan en una mujer bondadosa y caritativa. Para los fundamentalistas del odio, cualquier insulto es poco, desde yegua para abajo. La cuestión es que los limeños se entretuvieron como alegres comadres durante los quince prósperos años del gobierno de Amat. Porque el romance tuvo sus más y sus menos. Sus caídas y levantadas.

La vida cultural se desarrollaba a pleno durante aquella administración simpática, espléndida y también con algo de travesura. Al que se le ocurra comparar a la Perricholi con Madame Pompadour no le vamos a decir que estaría algo errado. Por algo don Manuel Amat aparece en todas las enciclopedias como el gran Virrey que fomentó las artes y atendió al mismo tiempo una larga guerra de siete años contra los ingleses. No le faltó eficacia al enamoradizo catalán para enfrentar las flotas británicas en las aguas y las islas del Pacífico.

La ciudad de Lima de aquel entonces contaba con teatros en actividad, empresarios, dramaturgos, actores, apuntadores, traspuntes, bolos y todo el mundillo del arte escénico. No faltaban los cholulos, los críticos y las fantasías que genera el ambiente teatral.

Micaela Villegas figuraba en el cartel protagónico del teatro donde se representaba “La Dama Duende” de Calderón de la Barca”. Había un empresario-dueño que al mismo tiempo se desempeñaba como primer actor. El hombre, como se precia un director, empresario y primer actor, no podía aspirar a los encantos de una diva amiga nada menos que del Virrey. Se conformaba con los mimos de Inesilla. Actriz de menor rango que la Perricholi.

http://www.trazegnies.arrakis.es/puente.html 

 

 


 

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